domingo, 6 de noviembre de 2011

Y ella escribió, fumando escribió. En su apartamento, escribiendo como si su respiración dependiera de ello. Que envidia como empezaba y no podía parar, como el peso en sus hombros se iban transformando en letras que no se cansan, letras que huyen a un lugar mejor. ¿No es eso lo que todos queremos? Liberar esa carga de hombros que en algún momento fueron palabras hirientes, palabras que salieron de bocas ingenuas que no sabían el daño que hacían, que eran muy ignorantes como para saber que el destino de frases crueles eran sus hombros, cansados ya de tanto peso. Pero ahí estaba, descargando su alma, cansada de rasguños, cansada de golpes y heridas.
Nadie se imagina lo que detrás de una gran sonrisa se puede esconder, como saber que las almas más heridas son las más fáciles de disfrazar de cantos que quieren ser alegres y sonrisas que quieren ser reales; nadie lo sabe, solo ella conoce su tristeza y la conoce muy bien.
Escribía sobre él y sobre ella, sobre quien la había insultado y sobre quien había simulado amarla, ¿será lo mismo? ¿No duele igual un corazón roto que una autoestima desecha? ¿Cómo habría de saberlo?  Estas eran enfermedades crónicas que la dominan, que la hacían vivir las más falsas de las vivencias. ¿Porqué disimularlo? ¿Porqué no gritarle al mundo su soledad? ¿Por qué no arrancar toda esa falsedad y sacar a pasear las lágrimas que mueren por salir de una vez por todas? Suena muy fácil pero toda esa facilidad es presa y esclava de un rey llamado MIEDO.

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